Reforma Agraria y Soberanía Alimentaria

Ponencia de la CLOC-Vía Campesina Paraguay en la Cumbre de los Pueblos. Asunción, 2009

Las organizaciones campesinas y sus largas jornadas de lucha han dejado a su paso compañeros heridos por balines de goma y cachiporras, mujeres maltratadas en su decoro, una cantidad innumerable de detenciones ilegales y todo tipo de consecuencias judiciales posteriores, requisa de documentos de identidad, quema de objetos de uso personal y colectivo, y, en el peor de los casos, la muerte, provocados sistemática e impunemente por el aparato de represión, conformado por policías y fiscales, y en connivencia con el Ministerio del Interior. Sin embargo, no han dejado de resistir, abrazadas a su objetivo de colocar en la agenda política la única alternativa de superar los cuadros de miseria que tenemos como país: la reforma agraria integral.

De los 406.752 Km2 de territorio nacional, el 39% pertenece a la Región Oriental en donde habita el 97% de la población y donde se encuentran los mejores suelos para la agricultura, ocupadas, hoy día, por rubros de exportación. Casi el 37% de estos rubros dependen de la multinacional Monsanto. Las tierras mal habidas, según el INDERT, llegan a 7.800.000 hectáreas de las 12 millones entregadas en el marco de la Reforma Agraria, entre 1953 y 2003.

En el contexto sociopolítico actual, la represión ejercida salvajemente contra campesinas y campesinos aumentó en forma considerable. Ejemplos más que vivos son los últimos hechos que tuvieron lugar en los Departamentos de Concepción, Caaguazú, Alto Paraná y, sobre todo, San Pedro, en donde se ha instalado una suerte de estado de sitio en pequeña escala, y donde las fuerzas de orden público se han ensañado contra personas inocentes cuyo único “pecado” fue y sigue siendo buscar justicia social a través de la distribución equitativa de la tierra.

Por su parte, las comunidades indígenas, con el despojo histórico de su hábitat, se ven, igualmente, entre las más vulnerables y olvidadas víctimas de este sistema latifundiario que favorece únicamente a la clase acomodada, desde los tiempos de la venta masiva de tierras públicas, por orden de un desacertado Bernardino Caballero, pasando por el nefasto periodo de la Dictadura de Alfredo Stroessner, tiempo en que se adjudicaban hectáreas de suelo a militares, empresarios y políticos simpatizantes del régimen, yendo inclusive hasta la llamada “transición democrática”, en que continuaban los gobiernos colorados y, por ende, continuaba el mismo estado de cosas, con algunas variantes incluso a peor.

Hoy día, sin embargo, luego de la victoria electoral del 20 de abril de 2008, el Gobierno ha demostrado una incipiente voluntad política de trabajar por las reivindicaciones a las comunidades campesinas e indígenas que padecen el conflicto agrario. La creación del CEPRA y un Gabinete Social que pretende la atención urgente a los problemas de pobreza crónica, son dos salidas institucionales ofrecidas para tranquilizar las aguas y contener la, a veces, inminente convulsión.

Las campesinas, campesinos e indígenas sabemos, no obstante estos paliativos, y más allá de discursos de doble filo, en un Gobierno en que intentan convivir ideas liberales y progresistas, también en actitud contradictoria, que la reforma agraria integral nunca será posible si no es por la fuerza de la presión social, la huelga general, la movilización de la gran masa de personas que, en todo el ancho del territorio nacional, no tiene un solo metro cuadrado donde afincarse y producir para su subsistencia.

Paradójicamente, el Gobierno de Fernando Lugo parece ser, por de pronto, el de la criminalización agudizada de la lucha social. Pero a la par de las represiones, crece la resistencia. Después de todo, sólo se superarán el hambre y la pobreza, la falta de oportunidades laborales, la discriminación y todo lo que entraña la concentración de tierra en contadas garras, que no manos, cuando la soberanía alimentaria en cuyos principios descansa la reforma agraria integral, sea una verdadera cuestión de Estado. Hasta el momento, nada parece indicar que realmente lo sea.

Con la introducción del agronegocio, a través del paquete tecnológico que traen las multinacionales dedicadas a la industria de semillas transgénicas, en desmedro de la biodiversidad, con la escasa o nula acción del Estado a favor de los desposeídos, con la promulgación de leyes asesinas que procuran expandir la frontera de cultivos transgénicos, a través del desplazamiento forzoso de campesinos, campesinas e indígenas y su posterior inserción en las periferias urbanas, al margen de una sociedad ciega que no comprende las raíces del problema, se tiene un cuadro bastante desalentador.

En nuestro país, la tierra fértil sigue siendo el principal medio de producción. La propuesta de las organizaciones campesinas e indígenas es recuperar la soberanía combatiendo el régimen latifundiario, desechando viejas prácticas de corrupción en los tres Poderes del Estado, superando la política de dependencia económica y de agroexportación y cambiándola por una que arrime desarrollo sostenible en beneficio de la mayoría, que genere riquezas al país, que suponga la construcción de un verdadero estado social de justicia y que asegure, finalmente, la sobrevivencia de las generaciones presente y  futura.

La reforma agraria que pretendemos es un conjunto de elementos que contribuya al bienestar de las familias campesinas e indígenas; un modelo de cambio en el que se contemple no sólo el acceso y la distribución equitativa de la tierra, sino también la educación integral, salud comunitaria, vivienda digna, acceso a créditos y medios de comunicación fiables, habilitación de caminos, mercados que garanticen el movimiento de los productos, electrificación; todo desde una perspectiva de género y etnia, de manera que las mujeres sean protagonistas activas en todos los planes de desarrollo, visualizando la construcción de una sociedad con valores diferentes a los actuales y centrado en el interés colectivo.

Las organizaciones miembros de la Vía Campesina Paraguay tenemos muy claro el panorama. Los hombres y las mujeres que formamos parte de esta lucha por la reforma agraria y la soberanía alimentaria estamos conscientes de que el desafío es colosal, pero así también de que esto debe ir a buen término ahora o nunca.

 

 

 

 

 

 

 

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